Sofia era una chica insegura, como es propio de los jóvenes recien llegados a la veintena que no terminan de encontrar su sitio. Desde su más temprana adolescencia había sentido una tremenda inquietud por conocer el origen de lo bello. Amaba el arte tanto como la naturaleza y se empapaba de toda la belleza que podía encontrar a su alrededor; quién sabe, quizá así intentaba escapar de su propia imagen tan machacada en la escuela e instituto por crueles "compañeros" de clase. Era bajita y rolliza, de cabellos rojos como la panocha y las mejillas repletas de pecas parecían querer evitarle mostrarse madura ante el mundo exterior. Quizá por ello se afanó durante sus siete años de vida medianamente autónoma en conquistar el saber que le evitaba el espejo. A sus veintidos años aún no había podido independizarse de sus padres y eso le hacia padecer una ambivalencia de sentimientos entre el apego al confort que brinda la protección familiar y el deseo irrefrenable de desplegar las alas y volar creando un mundo de experiencias y sensaciones que solo los libros le ofrecian y que las flores que vendía en las ramblas de Barcelona le hacían suspirar emigrando a un mundo ciego de sensaciones imaginarias.


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Sofía estaba de vacaciones. Le gustaba la soledad acompañada con sus libros, pero a veces envidiaba a los jóvenes de su edad que parecían estar viviendo sobre la marcha sus propias aventuras existenciales.

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