Víctor no tuvo una infancia como la mayoría de niños y niñas de los años 60, al menos en algunos aspectos. Nació en el seno de una familia circense: sus padres eran trapecistas, tenía dos tíos y un primo payasos, sus tías eran bailarinas, la abuela vendía las entradas, el abuelo era el presentador... Con los domadores y el resto del personal no le unían lazos de sangre, pero las experiencias compartidas con ellos durante esos años los unieron de por vida.
Todas sus pertenencias cabían en una caja guardada en el rincón de la derecha del altillo del carromato y todo lo que necesitaba estaba en ese circo. De pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta, de país en país pasó veinte años de su vida. Cuando descubrió esa masía y su secreto. Cuando conoció a la escritora. Cuando sintió que debía detener el tiempo y tomar las riendas de su vida. Aún guardaba aquel cuaderno infantil que encontró al acabar la actuación y que tardó años en poder descifrar. Durante ese tiempo copiaba lo que allí estaba escrito sin saber lo que ponía, dibujaba esos trabajos escolares, dibujaba los carteles que anunciaban la llegada del circo a algún sitio sin distinguir texto de imagen y así pasaba ratos y ratos. Nadie le hablaba del colegio, de horarios o de normas.

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